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jueves, 26 de enero de 2012

Todas las batallas en la vida sirven para enseñarnos algo, y más aún, aquellas que perdemos

¿Cuántas veces hemos deseado borrar un día, un instante, un momento, hasta un año de nuestras vidas? Borrarlo todo y vaciar nuestra memoria.
Cuántas veces deseamos volver a ser niños, vivir todo de nuevo, recuperar lo que se fue o dejar que el tiempo ponga las cosas en su lugar…

Algunas personas, simplemente no esperan nada del tiempo. Da lo mismo regresar que avanzar, simplemente renuncian a que el tiempo continúe su paso, y dejan que se marche con lágrimas y un largo adiós.

Si deseáramos en algún momento perder completamente la memoria y plegarnos por ejemplo a la frase "comenzar de nuevo" ¡¿cuántas cosas no perderíamos?! Sería como aquellas cosas que se extravían accidentalmente en una mudanza, y luego, se extrañan.

Perderíamos el calor del primer beso y la sensación de aquel amanecer que fue perfecto. La nostalgia por amores pasados y la inocencia con la que nos entregamos a lo desconocido esa primera vez. Quedarían atrás los amigos que iban a ser eternos, las cartas que nos hicieron llorar, la primera o última vez que vimos a un gran amor, los abrazos más cálidos, el día que pensamos que se iba a caer el mundo, el dolor más hermoso, la sonrisa más esperanzadora, el nacimiento del sentimiento más puro…

¿En realidad comenzaríamos una nueva vida o mataríamos otra llena de bellos recuerdos?

Dejamos una vida y un presente que nos da infinitas oportunidades por soñar con un futuro perfecto que no existe, o un pedazo de cielo donde no sabemos qué nos espera.


¿Vale realmente la pena perder la memoria? ¿Sería realmente bueno empezar de cero?